La máscara apenas le cubría el rostro, pero bastó para que la imaginación hiciera el resto. Frente a sus compañeros, un niño comenzó a caminar despacio, como si avanzará entre el bosque. A su alrededor aparecieron también un águila arpía, un mono araña y un tapir. Por unos minutos, el patio de la escuela se convirtió en la selva amazónica.

Escenas como esta se repitieron en dos comunidades ubicadas dentro de los corredores de conectividad amazónicos: Yasuní-Limoncocha–Cuyabeno, Palora–Pastaza. En la comuna Kichwa Indillama y en la comunidad Achuar de Copataza, respectivamente. En total participaron 60 niñas y niños que, a través del taller Descubre especies, exploraron la relación que existe entre los animales, los bosques y los territorios que habitan.
La actividad comenzó con un reto sencillo: reconstruir un rompecabezas. Poco a poco aparecían un jaguar, un águila arpía, un tapir, un tucan, una boa arcoíris, entre otros animales representativos de los corredores. Después, cada especie se convertió en protagonista de una historia sobre los caminos invisibles que recorren los animales para encontrar alimento, refugio o reproducirse. Finalmente, todas las piezas dieron forma a un rompecabezas mucho más grande: el corredor de conectividad, ese territorio que mantiene unidos bosques, ríos y comunidades para que la vida pueda seguir moviéndose.
Los talleres se realizaron en cinco horas y finalizaron con una actividad de pintura y reconocimiento. Cada estudiante construyó una máscara del animal que había conocido y, por unos minutos, intentaba mirar el mundo desde sus ojos.

Pero el aprendizaje no ocurrió en una sola dirección. A medida que avanzaban las conversaciones, las niñas y los niños compartían historias que ya conocían por haber crecido junto al bosque. Hablaban de animales que habían visto cerca de sus comunidades, de los sonidos que escuchan al amanecer y de los lugares donde suelen aparecer ciertas especies. Más que descubrir información nueva, recordaban conocimientos que forman parte de su vida cotidiana y contrastaban algunas ideas que habían escuchado antes. Uno de esos momentos ocurrió cuando conversaron sobre el jaguar y comprendieron que, a diferencia de lo que muchos creían, es un excelente nadador. “Ah, profe, yo pensé que había muchos animales que no estaban en peligro”, comentó uno de los estudiantes durante la actividad.
Los rompecabezas también dejaron otra enseñanza. Para completar las imágenes fue necesario intercambiar piezas, escuchar a los demás y trabajar en equipo. Poco a poco, quienes al inicio intentaban resolver el reto por su cuenta comenzaron a colaborar, descubriendo que ninguna pieza tenía sentido sin las otras. Ese mismo principio sostiene a los corredores de conectividad. Así como un bosque necesita permanecer unido para que las especies puedan desplazarse, la conservación también depende de las personas que habitan esos territorios.
Al finalizar cada jornada, los docentes recibieron kits pedagógicos para continuar desarrollando actividades similares en sus aulas y mantener vivo el vínculo entre las niñas, los niños y la biodiversidad que los rodea. Porque proteger la Amazonía no comienza únicamente cuando alguien decide estudiar biología o trabajar por la conservación. A veces empieza mucho antes, cuando un niño se coloca una máscara de jaguar, mira a sus compañeros y, por un instante, siente que también forma parte del bosque.
Fotografías: Richard Armas
Redacción: Lizeth Jurado
